En la memoria

con Andrés Rebolledo

 

Mi abuelo se perdió en la guerra. Es lo que respondían los nietos de soldados republicanos, milicianos antifranquistas o simples ciudadanos injustamente perseguidos, cuando algún amigo les preguntaba por sus mayores. Eran los años 60 ó 70 del siglo pasado. Los hijos y nietos de la España derrotada no solo tenían que vivir en soledad la pena de haber perdido a seres queridos. También tenían que mentir, disimular para no levantar sospechas del vecino bienpensante y afecto al régimen, partidario de la España oficial del yugo, las flechas, la sotana y el tricornio.

Y a los niños se les decía eso, tu abuelo se perdió en la guerra, para que no fuesen a comprometer o poner en peligro a los que habían sobrevivido. Andrés Rebolledo es uno de los nietos que en su casa aprendió a querer a un abuelo que nunca conoció. Ni siquiera su madre recuerda a Andrés Barreno, que murió en 1936 cuando ella tenía apenas 15 meses. No tiene recuerdos de su padre, pero sí ha conservado toda su vida una foto suya y el deseo de saber más de él. Ese deseo se lo ha trasmitido a su hijo Andrés Rebolledo, presidente de la Asociación de Familiares y Represaliados en La Sauceda y el Marrufo.

Nacido 27 años después de que su madre se quedara huérfana, Andrés ha investigado y quiere saber más de su abuelo, de su paradero, de cómo fueron sus últimos días. Tiene las esperanzas puestas en las excavaciones que comienzan este verano en el Marrufo, cortijo cercano a La Sauceda donde las tropas franquistas fusilaron a muchos de los habitantes de aquel poblado y de los pueblos de alrededor, entre ellos Jimena.

Andrés quiere saber más de su abuelo. Tiene todo el derecho del mundo. Porque su abuelo no se perdió. Lo mataron. Ahora pide para él verdad, justicia y reparación. Sin miedo y sin rencor. Pero con dignidad y firmeza.

Exposición Itinerante

Asociación de Familiares represaliados por el Franquismo en la Sauceda y el Marrufo

En la Memoria

con Francisca Lobato Domínguez


Francisca Lobato Domínguez era una niña de siete años que vivía con sus padres y sus dos hermanos en un paraje entre Jimena y La Sauceda cuando estalló la guerra.

Su padre, Roque Lobato Gutiérrez, fue ejecutado por las tropas franquistas al poco de tomar el poblado de La Sauceda. Allí, cerca de la ermita, fue enterrado clandestinamente por sus verdugos. Su mujer y sus hijos fueron conducidos, junto al resto de la población del valle, al cortijo del Marrufo, donde permanecieron detenidos.

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